La paradoja de la dependencia: depender para ser libres
La semana pasada te escribí sobre el origen de la confusión con la palabra apego, y terminé diciendo que ahí es donde el malentendido deja de ser un asunto semántico y empieza a costar caro.
Hoy quiero mostrarte qué es exactamente lo que está en juego.
Porque lo que se pierde con esa confusión no es una idea abstracta. Es algo muy concreto, que está operando en tu vida cotidiana aunque nunca lo hayas mirado de frente.
El apego seguro nos hace libres
Hay algo que a primera vista parece contradictorio y que la investigación viene confirmando hace décadas:
Cuanto más segura es la dependencia entre dos personas, más autonomía, independencia y libertad alcanza cada una de ellas por separado.
La psicóloga Brooke Feeney lo llamó la paradoja de la dependencia, y lo puso a prueba con parejas casadas de varias maneras a la vez: preguntándoles a ambas partes, observándolas interactuar en el laboratorio, y siguiéndolas durante seis meses para ver qué se atrevían a emprender por su cuenta (Feeney, 2007). El resultado fue consistente: mientras más acogía una persona la dependencia de su pareja cuando esta la necesitaba, más autónoma funcionaba esa pareja después.
Bowlby lo había descrito años antes a través de las dos funciones complementarias que cumple toda figura de apego:
- Refugio seguro. Alguien a quien volverte cuando algo te duele, asusta o supera, para obtener consuelo y calma. Es la función que se activa frente a la amenaza y encauza tu energía hacia la autoprotección y supervivencia.
- Base segura. Alguien que, precisamente porque está disponible como refugio, te permite alejarte con confianza. Es la función que opera cuando no hay amenaza y encauza tu energía hacia el crecimiento, habilitando tu posibilidad de explorar, aprender, arriesgar y disfrutar.
Casi siempre se reduce la comprensión del apego a su primera función. Pero la segunda recuerda que alguien no es figura de apego solo cuando te consuela. Lo es también cuando te alienta, cuando confía en ti, cuando se hace a un lado para que hagas lo tuyo y cuando celebra tus logros como si fueran propios.
Dicho de otro modo: no dependes de alguien solo para que te proteja de lo malo. Dependes de alguien para poder ir en busca de lo bueno.
Es fácil verlo en un niño pequeño jugando en una plaza. Se aleja unos metros, mira hacia atrás, comprueba que su mamá sigue ahí y avanza otros metros más. No explora a pesar de ella. Explora gracias a ella.
Ese mecanismo no caduca. Se ha estudiado en adolescentes, donde lo que se explora ya no es la plaza sino la propia independencia, y se ha estudiado en parejas adultas. Opera y seguirá operando a tus treinta, cincuenta y ochenta años, de otras formas y con otras personas.
Cómo se ve esto en una pareja
La base descansa sobre el refugio. Puedes alejarte de ese otro porque sabes que puedes volver, y volver significa saber que cuentas con alguien disponible para reconfortarte si las cosas salen mal. Esa certeza es la que sostiene e impulsa. Sin ella, no hay desde dónde salir.
Feeney, la misma investigadora de la paradoja, hizo más tarde un segundo estudio para responder algo más específico: qué hace exactamente que alguien funcione como base segura. Observó a parejas mientras uno de los dos enfrentaba un nuevo desafío, y encontró tres condiciones (Feeney y Thrush, 2010).
- Que el otro esté disponible. Disponible en el sentido de que si las cosas se complican, tienes a quién recurrir. Se observa cuando puedes decirle a tu pareja "esto me está costando más de lo que pensaba" y del otro lado hay alguien que te escucha, sin que eso se convierta en un problema, ni en un reproche, ni tampoco en un plan de rescate no solicitado.
- Que el otro te aliente. Aliento en el sentido de celebrar contigo lo que quieres hacer, aunque aún no esté claro si va a resultar. Se observa cuando compartes una idea a medio armar y la respuesta del otro es: "eso es fantástico, anímate y hazlo", y no la lista de todo lo que podría fallar.
- Que el otro no interfiera. No interferir en el sentido de confiar en que eres capaz de hacerlo y respetar tu forma, aunque no sea la suya. Se observa cuando cuentas lo que vas a hacer y el otro no te critica ni corrige tu plan, no toma decisiones por ti, no busca imponer su estilo y sus ritmos. Es probablemente lo más difícil de los tres, porque se suele confundir con una expresión de amor y ayuda, pero termina produciendo el efecto contrario: te hace dudar y la duda consume la energía que necesitas para avanzar.
En mi vida personal, lo he experimentado tal cual. Cada tanto me voy de vacaciones con mis tres hijos, solos nosotros, sin mi pareja. Suelen ser roadtrips de varios miles de kilómetros por lugares que no conocemos, en los que me toca conducir y resolver sobre la marcha las dificultades que se van presentando. No es poca cosa saber que si algo sale mal, la única responsable soy yo.
Podría contarlo como un logro de autosuficiencia, pero está lejos de ser eso. Lo cierto es que puedo sumergirme en esa experiencia con total confianza y disfrutarla, porque mi pareja va gozando el viaje conmigo como si estuviese allí. Y porque tengo la certeza de que, aunque estemos lejos, cuento con él si algo se complica.
Esto es además muy significativo para mí porque es completamente distinto de cómo lo habría vivido en otras épocas de mi vida. Hoy puedo alejarme sin preocupación, sin culpa y sin la sensación de estar quitándole tiempo a mi relación y de quedar en deuda con él.
Y esa tranquilidad no es un detalle. Es lo que posibilita que pueda vivir cada viaje plenamente y atesorar nuevas experiencias que no habrían sido posibles quedándome.
Lo que hay detrás de quien se atreve
La base segura opera en silencio. Cuando funciona, es invisible. Nadie ve a la persona que quedó atrás sosteniendo. Solo vemos a alguien que se atreve, que decide, que arma su vida. Y entonces concluimos lo que parece obvio: que llegó ahí arreglándoselas por su cuenta.
Ahí se cuela una confusión que cuesta cara, y es entre dos palabras que parecen sinónimos, pero que no lo son: autonomía y autosuficiencia.
La autonomía es saber que cuentas contigo, sin prescindir de los demás. La autosuficiencia es prescindir de los demás y obligarte a contar solo contigo.
La primera no excluye pedir ayuda y eso no le resta nada. Al contrario, es lo que la posibilita, pues se fortalece justamente en la medida en que hubo alguien.
La segunda es la defensa que hubo que levantar cuando ese alguien no estuvo. Bowlby la llamó autosuficiencia compulsiva, aludiendo a la imposibilidad de recurrir a otra persona aun cuando hace falta.
Cuando esta distinción no se hace, aparecen consejos como: "te harás más fuerte si logras valerte por tu cuenta"; "nadie te va a querer si no te quieres a ti misma"; "si necesitas a alguien, terminarás dependiendo completamente"; "deja a tu hijo llorar, o terminará manipulándote con sus caprichos". Todos apuntan a lo mismo: que practiques "necesitar menos", como si eso fuera posible y pudiera ofrecerte algo parecido a la seguridad.
El desapego no apaga la necesidad
El mayor problema con los consejos que promueven el desapego es que no puedes dejar de necesitar. Lo que sí puedes hacer es desoír esa necesidad, desconectarte de ella, no expresarla. Dejar de llamar, dejar de preguntar, dejar de mostrar que te importa, incluso dejar de darte cuenta de que te importa.
El sistema nervioso de quien intenta desapegarse no deja de experimentar la necesidad de volverse hacia alguien en momentos de vulnerabilidad, solo termina malgastando muchísima energía para mantener ese impulso a raya.
Con esto a la vista, el video del que te escribí la semana pasada se ve distinto, ¿o no?
Recordarás que cuando comenté "apego seguro" bajo ese video, muchos leyeron un juicio negativo. Entendieron que estaba señalando inmadurez o falta de autonomía en ese chico.
Pero era exactamente al revés. Estaba elogiando lo que él hizo: defender su vínculo y sostener su posición en vivo, frente a las burlas de su propia tribu. Ten presente que para un adolescente la aprobación de sus pares no es algo menor, es prácticamente su medio de supervivencia social. Salir a contradecirlos abiertamente puede costar caro.
¿De dónde sacó la valentía para asumir ese riesgo? No tengo pruebas, pero tampoco dudas: del mismo vínculo que sus oyentes ridiculizaban.
Estaba parado sobre un piso firme, y todos pudimos verlo segundos antes en esa interacción cercana y cálida con su madre. Porque cuando la disponibilidad del vínculo no está en juego, las burlas de los demás no son una amenaza que desestabilice, sino apenas ruido de fondo.
Ahí está la paradoja en acción. Un vínculo estrecho, ese que podrías creer que te ata y te limita, es exactamente lo que te permite pararte con convicción ante la mirada de otros, darle fuerza a tu propia voz, emprender lo que te da miedo y desplegar todo aquello de lo que eres capaz.
Para seguir profundizando...
Si quieres seguir tirando de este hilo, te dejo cuatro recomendaciones:
- Abrázame fuerte, de Sue Johnson (Alba Editorial). Un libro para público general, con muchos ejercicios prácticos, que lleva la paradoja de la dependencia al terreno concreto de la pareja.
- Una base segura, de John Bowlby (Paidós). El libro donde está el concepto de base segura explicado por quien lo formuló. Es un texto técnico, pensado para clínicos, así que conviene entrar sabiéndolo.
- ¿Qué nos mantiene felices?, de Robert Waldinger. Una charla TED que presenta el estudio de Harvard que siguió a más de setecientas personas durante setenta y cinco años, y cuya conclusión es que la calidad de nuestros vínculos es la variable que más predice una vida sana. Disponible con subtítulos en español.
- En busca del destino (Good Will Hunting), de Gus Van Sant. Una película sobre un joven brillante que aprendió a arreglárselas solo porque nunca tuvo a quién recurrir. Muestra con precisión lo que este post desarrolla: que la autosuficiencia que parece fortaleza puede ser, en realidad, una defensa levantada demasiado temprano porque no hubo otra opción; y que teniendo talento y oportunidades sobre la mesa, él no es capaz de tomarlas y desplegar su potencial hasta que construye un vínculo seguro por primera vez en su vida.
Antes de cerrar
Me gustaría preguntarte algo concreto:
¿Recuerdas alguna vez que hiciste algo que te resultaba desafiante, y que no habrías hecho de no ser porque alguien estaba ahí?
Puede ser algo grande o algo mínimo: una decisión, un proyecto, una conversación que llevabas tiempo posponiendo. Si lo identificas, piensa en quién era esa persona. Quizás reconozcas a alguien que fue base segura para ti en ese momento, aunque no lo hayas visto de esta manera. Y recuerda que eso no le quita mérito a tu logro personal, sino que te permite registrar cómo se vive una experiencia segurizante, que probablemente has tenido más veces de las que creías.
Respuestas