Significado del apego: ¿de dónde viene la confusión?
Hay ideas que no caben en un comentario. Y tampoco en un reel de un minuto. Lo confirmé hace unos días, leyendo las decenas de mensajes que me llegaron después de que comenté “apego seguro” en el video de un adolescente que defendía, en plena transmisión y frente a las burlas de sus oyentes, el vínculo amoroso y cercano que tiene con su madre.
Un contenido en redes abre una puerta. Nombra algo rápido, hace que alguien se detenga, a veces incomoda. Pero no alcanza para desarrollar una idea, ni para mostrar de dónde viene, ni para bajarla a la vida concreta de quien la está viendo. Y hay ideas que necesitan exactamente eso.
Este espacio nace por esa razón.
Acá el ritmo será otro. Mi intención es tomar un tema por vez, desarmarlo con calma, mostrarte lo que hay detrás y cuando sea posible, traducirlo a escenas cotidianas, de esas que ocurren un miércoles cualquiera, en tus interacciones del día a día. Sin apuro y sin algoritmo de por medio.
Y quiero partir por lo más básico de todo: el apego. Más precisamente, por el término mismo, porque ahí está el malentendido que más daño hace.
Lo que no alcancé a decir
Cuando escribí "apego seguro" bajo ese video, mucha gente leyó un diagnóstico. Entendieron que yo estaba señalando una falla en ese chico y salieron a defenderlo. Es decir, reaccionaron a dos palabras convencidas de que significan lo contrario de lo que significan.
Esa reflexión ya la desarrollé en el reel que hice para contar esto. Lo que no alcancé a decir ahí es algo que nunca he explicado y que me interesa desarrollar: ¿de dónde creo que viene esa confusión?
Una misma palabra para dos conceptos
Cuando John Bowlby desarrolló la teoría del apego y necesitó nombrar el lazo biológico entre una cría y su cuidador, tomó prestada una palabra de la etología: attachment, y la convirtió en un término técnico. Al español llegó como apego, y eso ocurrió hace apenas sesenta años.
Pero esa palabra ya llevaba mucho tiempo usándose para traducir algo distinto. En los textos budistas hay dos términos, taṇhā y upādāna, que las traducciones occidentales vertieron como apego. El primero significa literalmente sed. El segundo, combustible, aquello que alimenta un fuego. La distinción clásica entre ambos es fina: la sed es querer lo que todavía no tienes, el aferramiento es sujetar con firmeza lo que ya alcanzaste.
Dos conceptos sin parentesco entre sí, que en nuestro idioma terminaron compartiendo una misma palabra. Y como el segundo llegó siglos antes, es el que la mayoría de la gente escucha cuando decimos "apego".
Con una precisión importante, porque es la que ordena todo lo que viene: lo que suele circular en redes no es el concepto budista. Es su sobresimplificación en tres consignas: Suéltalo, no dependas, desapégate. Frases que caben en un post de Instagram y que en el camino perdieron todo lo que las hacía verdaderas. Y el original es bastante más interesante.
¿Qué dice realmente el budismo?
Esta conversación la hemos tenido muchas veces con mi gran amigo Lucas Casanova, destacado terapeuta budista transpersonal y especialista en trauma y apego. Sus palabras me parecen las más elocuentes que he escuchado sobre esto:
"Cuando entramos en el territorio del budismo, aunque usemos la misma palabra, el apego cobra un significado distinto. No es el tipo de conexión que generamos con el otro, sino la intensidad y el sufrimiento mental que nos provoca ese lazo."
Y coincide totalmente con lo que he leído al respecto. Cuando el budismo clasifica el aferramiento, habla de cuatro formas: a los placeres de los sentidos, a las propias opiniones, a los ritos y reglas, y a la idea de un yo fijo. Fíjate en algo: ninguna de las cuatro clasifica vínculos. Todas clasifican modos de aferrarse. Una persona puede ser, por supuesto, aquello a lo que alguien se aferra. Pero lo que ahí se señala como fuente de sufrimiento no es el lazo, sino el modo.
Sobre el desapego total, que es justamente lo que hoy se repite como consejo, el mismo Lucas es categórico:
"Contrariamente a lo que muchos creen, el budismo no aboga por el desapego total y absoluto, o por el no sentir, sino que nos invita a evitar la codependencia, el sometimiento, los celos, la obsesión. Cuando se vuelve demasiado y nos intoxica, entonces sufrimos."
El nudo central está acá
Por tanto, lo que veo que explica la confusión es que hay dos niveles que solemos mezclar, y en esa mezcla se pierde todo.
- Un nivel es lo que la palabra "apego" nombra en cada caso. Ahí no hay parentesco alguno: la teoría del apego nombra el lazo, el budismo nombra el modo de aferrarse.
- El otro nivel es lo que cada uno plantea sobre los vínculos humanos. Y ahí dicen lo mismo: que el problema nunca es el lazo, sino el modo.
Cuando esos dos niveles se confunden, pasa exactamente lo que pasó con la reacción a mi comentario en el video de ese chico. Alguien ve una palabra, le aplica el concepto que no corresponde, y termina leyendo como diagnóstico o defecto lo que era un elogio.
Hay un texto en particular que toca las relaciones de frente. Es el Piyajātika Sutta y cuenta la historia de un padre que, tras perder a su único hijo, va a ver al Buda buscando consuelo, y lo que recibe es esto: el dolor y el lamento nacen de aquello que nos es querido. El hombre se levanta y se va enojado.
Así que sí, esa tradición reconoce que amar nos expone. Y la ciencia del apego dice exactamente lo mismo: si alguien importa, su ausencia duele. La diferencia nunca estuvo ahí. Está en qué se hace con esa constatación.
Y eso lo describen con claridad dos maestros budistas contemporáneos.
Thich Nhat Hanh, al describir el cuarto elemento del amor verdadero, upeksha, escribió algo que podría estar en cualquier manual de apego seguro (True Love: A Practice for Awakening the Heart):
"En el amor verdadero alcanzas la libertad. Cuando amas, le traes libertad a la persona que amas. Si ocurre lo contrario, no es amor verdadero. Debes amar de tal manera que la persona que amas se sienta libre."
Por su parte, Pema Chödrön, desde la tradición tibetana, tampoco enseña a soltar los miedos y los apegos, sino a acercarse a ellos con curiosidad y compasión. Que es, dicho en otras palabras, buena parte de lo que hacemos en psicoterapia.
Nada de esto se parece al consejo de soltar y no depender que hoy circula sobre los vínculos.
Lo que terminó de cerrarme el círculo
En 2010, Phillip Shaver, uno de los dos investigadores más importantes del apego adulto, construyó junto a Baljinder Sahdra una escala para medir el no-apego en el sentido budista.
Al cruzar ambas mediciones, las personas con mayor no-apego resultaron ser las que tenían menos ansiedad y menos evitación en sus vínculos. Es decir, las más seguras.
No son opuestos. Tienden a ir juntos.
Dos caminos separados por dos mil quinientos años terminaron señalando el mismo lugar: no es cuánto quieres, es desde dónde quieres. Y la versión pop del desapego, esa que aconseja necesitar menos y esperar poco, los traiciona a los dos.
¿Por qué esta distinción es tan importante?
Podría parecer una discusión de palabras. No lo es.
Cuando alguien cree que el apego es un defecto, no está descartando solo su definición semántica. Está descartando el principal recurso que tenemos los seres humanos para regularnos y transitar la vida. Y como el impulso de apego no se puede apagar, lo que se instala ahí es una batalla contra la propia naturaleza vincular. Una batalla que solo se puede sostener de una manera: desconectándose de uno mismo.
Así, quien confundió aquello que sana con aquello que duele termina alejándose justo de lo único que repara una herida de apego, que son nuevas experiencias de apego seguro.
Y ahí es donde esta confusión deja de ser un malentendido y empieza a costar caro. De eso te escribiré la próxima semana.
Para seguir leyendo...
Si quieres profundizar por tu cuenta, estos son los textos que están detrás de lo que te conté hoy.
- El discurso budista que menciono es el Piyajātika Sutta, número 87 del Majjhima Nikāya. Se encuentra en línea de forma gratuita.
- La cita de Thich Nhat Hanh viene de El verdadero amor. Prácticas para renovar el corazón (Planeta). Es breve y se lee en una tarde.
- De Lucas Casanova, a quien cito en este número, está El poder sanador del caos (Galerna). Nació de los cuadernos que escribió mientras enfrentaba un tumor cerebral, y no es un manual de autoayuda sino el relato honesto de una transformación en medio de la adversidad.
- De Pema Chödrön y su manera de acercarse a lo que duele, cualquiera de sus libros sirve como entrada.
- Para el puente entre neurociencia y práctica contemplativa, El cerebro de Buda. La neurociencia de la felicidad, el amor y la sabiduría, de Rick Hanson y Richard Mendius.
- Y si quieres partir por lo básico del apego adulto, Maneras de amar. La nueva ciencia del apego adulto, de Amir Levine y Rachel Heller (Urano), es la puerta de entrada más accesible que conozco. Si buscas algo enfocado en pareja y cómo se construye la seguridad, tienes mi libro, El poder del apego en pareja.
Antes de cerrar
Este es el primer número, así que me interesa mucho saber si el formato te sirve. Y me gustaría preguntarte algo concreto respecto a este tema:
¿Cuándo fue la primera vez que escuchaste que había que soltar, no depender tanto o no encariñarse demasiado? ¿Dónde lo aprendiste o quién te lo dijo, y en qué momento de tu vida?
Respuestas